La ilusión del mérito
- Mario Vega
En México y en Latinoamérica hay una gran desigualdad. Pero esa desigualdad se considera normal e incluso justa. Esto se debe en parte a que la mayoría de las personas creen en la meritocracia.
La meritocracia viene a decir que cada uno llega hasta donde trabaja. En esta línea, los ricos son ricos porque trabajan más o son más inteligentes y los pobres son pobres porque no trabajan lo suficiente o toman malas decisiones. Una explicación sencilla, comprensible, pero no necesariamente cierta.
En esta perspectiva, la riqueza es una recompensa justa al talento y al esfuerzo. Y la pobreza es explicada como un fracaso individual. Las personas pobres son vagas, irresponsables o tienen “malos hábitos”. De hecho, estas dos ideas se refuerzan mutuamente.
Cuando se asume la meritocracia, la desigualdad deja de ser un problema. Cada cual recibe lo que merece. El pobre “está donde está porque quiere” y el rico “llegó ahí por mérito propio”. Se dejan de lado aspectos como dónde naciste, la familia que te tocó, la salud o las oportunidades.
La meritocracia es un discurso que defiende a los poderosos. Se basa en relatos de superación personal, el “sí se puede”, el “yo empecé desde abajo”, para ocultar una realidad mucho más desigualitaria de lo que los datos revelan. Estas narrativas convencen a la gente de que el sistema es justo, aunque no lo sea.
Cuando se afirma que una sola persona “merece” ser tan rica como millones de personas juntas, se está sosteniendo una idea muy similar a las que en otro tiempo justificaron a reyes, nobles, esclavistas, etc. Las palabras varían, pero el mensaje de “unos pocos son más que la mayoría” es el mismo.
Con esta lógica también se han popularizado otros discursos, como el del emprendedurismo. Se compara en igualdad de condiciones a alguien que apenas logra mantener un pequeño negocio con aquellos que heredaron grandes fortunas. También se idealiza la “capacidad de resistencia” de los pobres, como si soportar la carencia fuera una virtud.
Puede parecer inofensivo escuchar a los ricos dar consejos para “tener éxito” o prometerte hacerte rico. Se siente inocuo escucharlos decir los “5 pasos para el éxito” o verlos promover lecturas como “Padre rico, padre pobre”. Eso sólo refuerza la idea de que el sistema es justo y de que los que pierden lo hacen por culpa de ellos mismos.
El problema no es tanto creer en la meritocracia, sino lo que se cree que crea. Hace que los ricos se sientan superiores y los pobres culpables. Crea un sentimiento de vergüenza, frustración y humillación en aquellos que no “salen adelante”, aunque el sistema no les favorezca.
Este tipo de pensamiento olvida que nadie logra nada de forma individual porque nuestros éxitos dependen en gran parte del entorno y las condiciones sociales en las que nos desarrollamos. De hecho, el bienestar personal depende del bienestar común. Por eso la meritocracia es tan malvada cuando se propone como una verdad absoluta. Nos deshumaniza.
Para quienes lean este texto y sientan que han fracasado, ni ustedes ni nadie merecen esa humillación. No merecen sentirse así. Y para quienes crean de forma soberbia que su esfuerzo es lo único que explica su éxito, sepan que no hay nada más alejado de la realidad. Le debemos tanto a la colectividad que tal vez ni siquiera lo podemos imaginar.
Medir el valor humano a partir del éxito económico o social es puramente pedantería. Nadie llega lejos de forma individual. Tratar como inferior a quien no lo logró (o aún no lo logra) revela más del que juzga que del juzgado.